Emiliano Dionisi, director teatral

“La frustración es el gran mal de nuestra época”

Es el responsable de la puesta unipersonal “El Brote”, interpretado por Roberto Peloni. Por segundo año, la obra llega al Teatro del Bicentenario, como una de las propuestas más importantes de la temporada. En una charla con Plataforma GAIA, el realizador habló sobre los pilares fundamentales de este éxito que cosechó numerosos premios y elogiosas críticas.

 

Federico Strifezzo

Raúl Caliva I 02-07-2026

Cuando se estrenó “El Brote” en 2025 nadie -ni siquiera los propios miembros de la Compañía Criolla imaginaron- que esta historia dejaría una huella en los espectadores locales que tomaron contacto con esta experiencia singular.

Pasó un año del debut del espectáculo unipersonal en el Teatro del Bicentenario y como su primer paso por la provincia dejó buenos frutos y vínculos en el público local, el regreso estuvo asegurado. Para quienes se perdieron aquella oportunidad y otros que deseen revivir los avatares del personaje que encarna Roberto Peloni, se viene una nueva función en la sala principal del complejo cultural sanjuanino.

Este viernes 3 de julio, vuelve La Compañía Criolla de la mano del director Emiliano Dionisi y el papel protagónico de Peloni, en este misterioso y trágico a la vez, viaje por la interioridad de un actor cansado de estar siempre encasillado en su papel secundario para el elenco en el cual trabaja y convive en gira.

A medida que la historia avanza, los límites entre la vida personal del protagonista y la ficción escénica comienzan a desdibujarse, llevándolo a desconfiar de quién escribe, en realidad, los acontecimientos de su propia vida.

Quizás esta sea una clave primordial en el planteo de la propuesta, que la hace atractiva y que dispara múltiples instancias de humor negro, de reflexión y de cuestionarse como espectador, qué papel uno juega en el intrincado mecanismo de un sistema que no se detiene y donde todos siguen sosteniéndolo.

Aunque la visibilidad total la tiene Peloni solo en el escenario, mientras hace un intenso despliegue corporal, con un personaje caminando en la cuerda floja entre la ficción y la realidad, merece destacarse la labor artesanal que afronta su director, que comanda el timón de esta nave que está dando sus resultados positivos a lo largo del trayecto que está recorriendo la obra.

Deseos frustrados. Beto -encarnado por Roberto Peloni- es un actor con cierto talento, pero que sufre por interpretar papeles cercanos a un figurante. Comienza a desconfiar de quien escribe los acontecimientos de su vida, cuestionando qué clase de personaje es el ser humano en la vida real.

Por los criterios que aplica, sus decisiones creativas y su mirada estética, Emiliano Dionisi hace que “El Brote”, hable más del hecho teatral. Transmite la inquietud de interpelar qué sucede en la vida contemporánea, la fragilidad de un límite que no puede diferenciar lo real y lo ficticio; y también, cuestionarse cómo se construye la identidad en una sociedad agotada, insatisfecha y acostumbrada a la incertidumbre permanente.

En un país donde el teatro argentino vive reinventándose y sobreviviendo frente a todas las recesiones pasadas y presentes, Dionisi emerge como uno de los realizadores jóvenes con una voz potente en los escenarios. No es por nada, que esta obra haya cosechado premios y reconocimientos internacionales

En esta segunda visita al Teatro del Bicentenario, Plataforma GAIA habló con el director sobre el corazón y la base conceptual y filosófica que tiene “El Brote”. Además, compartió su visión sobre la fuerza del teatro argentino para pararse y existir frente a aquellas consignas de época que cada tanto, le decretan su final como arte ante otras formas de entretenimiento.

La fórmula virtuosa. Emiliano Dionisi junto a Roberto Peloni, que ya habían trabajado juntos en producciones anteriores, son los artífices de «El Brote», una de las puestas más desafiantes de sus respectivas carreras. 

– ¿Qué los motivó a impulsar el regreso de “El Brote” a San Juan?

– Tenemos una grata sorpresa con esta obra. Obviamente que, en cada espectáculo, algunas veces va bien, otras un poco más flojas. Pero, lo loco que nos pasa, es que, cada lugar que visitamos, nos dan la invitación para volver. Nos pasa en las provincias, en países, como Colombia, Uruguay, España. Algo tiene la obra que genera en la gente que quiera verla de nuevo y compartirla con alguien y es común que le diga: «Che, no te no te pierdas esto». Esa particularidad, ese fenómeno, que sucede con el espectáculo nos deja muy agradecidos. La obra es muy intensa y muy divertida; al mismo tiempo tiene tantas capas de lectura, que me parece que es una especie de carta de amor al teatro en sí mismo. Nos afecta a todos por igual, en cuanto a su temática y a su sentir, puede ser una obra muy universal.

– ¿Qué reacción tuvo el público sanjuanino cuando tuvo el primer contacto con esta historia?

– Primero tuvimos un fuerte impacto en esa sala. Lo que más recuerdo, es que el público que nos fue a ver, lo festejó. Es un público que entiende de qué estás hablando en el escenario, y sobre las otras obras a las que hace referencia. Entiende sobre el quehacer teatral. No solo es muy avezado en estos temas, al mismo tiempo, es muy cariñoso y ¡hasta nos regalaron vinos! La experiencia fue hermosa y nos puso contentos que los directivos del teatro nos vuelvan a invitar.

 

La obra es muy intensa y muy divertida; al mismo tiempo tiene tantas capas de lectura, que me parece que es una especie de carta de amor al teatro en sí mismo

Espejos enfrentados. La obra explora la meta-teatralidad, es decir, el teatro dentro del teatro, y cómo los límites entre ficción y realidad se desdibujan.

– ¿Cuál fue la idea que inspiró el contenido de esta pieza dramática?

– Tenía muchas ganas de volver a trabajar con Roberto Peloni, que es un actor extraordinario. Habíamos trabajado juntos con Cirano de Bergerac, cuando dirigí en el Teatro Nacional Cervantes. Hicimos una versión de “Huesito Caracú, el remolino de Las Pampas”, en El Picadero y otras aventuras juntos. Además de ser gran actor, es un gran compañero. Entonces me dije: “hay que escribir algo que le resulte desafiante a un actor tan completo como él y también desafiante para mí como director”. Así fue como nació “El Brote”. Hablamos de la historia Beto, un actor muy apasionado en una compañía de repertorio. Es inteligente, virtuoso, pero siempre le dan los personajes más chiquititos para interpretar, esos que dicen dos frasecitas y nada más. Casi un figurante. Él siente que merece algo más. Hay algo del mundo del relato que funciona fantástico porque todo lo que él cuenta, uno se lo puede imaginar muy bien y empezás a tomar partido por él. Pero las cosas no le salen como le gustaría. En este mundo es como funciona “El Brote” como un juego de espejos.

– Los egos, envidias y celos que vive el personaje son universales ¿Esta metateatralidad que sucede en escena, los interpela a ustedes mismos como artistas dentro de la compañía?

– Claro que sí, se usa al teatro mismo como excusa, pero termina hablando de la frustración, de nuestro nivel de tolerancia al límite. La frustración es el gran mal de nuestra época. Beto (el personaje) atraviesa distintas obras, pasa por los grandes clásicos del teatro universal y lo bueno es que, aunque quizás como espectador no las conozcas, la entendés igual. El que conozca los grandes clásicos va a encontrar, pequeños guiños y el que no, es una puerta de entrada perfecta. Por eso aquí, nadie se queda afuera. Son distintos personajes que en un momento empiezan a reflejar lo que le pasa a él. Eso es lo que tiene fantástico el teatro. Podemos viajar de una obra que se escribió hace 500 años y parece que nos está hablando de lo que me pasa a mí hoy. Esa metateatralidad ayuda al espejo de la gente y a la identificación con el personaje. Entonces, todo se termina convirtiendo como en un partido de fútbol donde la gente le da la razón al personaje y quiere que le vaya bien y tenga lo que se merece. Se genera una especie de catarsis.

El teatro es un gran ejercicio de empatía. A mí eso me fascina. Uno tiene que sentarse, escuchar la historia de otro y ponerse en sus zapatos para poder vivirla.

– Además, Beto se ve que sufre todas las penas de todos los personajes de otras obras, desde los autores griegos hasta las criaturas de Shakespeare.

– Somos todos esos personajes. Asumimos distintos roles y lo que a él le va pasando en el vivir, también lo sentimos intensamente nosotros en la realidad. Eso es lo lindo que tiene todo esto, el teatro es un gran ejercicio de empatía. A mí eso me fascina. Uno tiene que sentarse, escuchar la historia de otro y ponerse en sus zapatos para poder vivirla, pensar y sentir qué haría yo en su lugar. ¿Qué haría yo en su lugar? ¿Qué sentiría yo en su lugar? Y una vez más, ponerse en el lugar del otro en esta época de individualismo, me parece que es un ejercicio fantástico.

– En la obra, el personaje invita a cuestionarse que tal vez, alguien desde afuera, nos escribe un guión bastante oscuro de la realidad. ¿Para vos quién está escribiendo el guión trágico de cómo avanza este mundo que tenemos?

– Cuando en un momento en la vida te preguntás, ¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Por qué a mí? ¿Soy dueño de las circunstancias que me pasan? Entender que nosotros mismos, escribimos la propia historia nos da algo de miedo. Esa es la cuestión de la libertad, de tenerle miedo al libre albedrío. De querer torcer cuando las cosas no me gustan. Es un tema difícil, mi psicóloga me dice todo el tiempo, “Bancarse ser feliz es muy difícil”. Bueno, creo que esta obra nos enfrenta un poco a eso.

Más allá de lo teatral. La labor de Dionisi como director, es la de conectar la trama con los roles sociales contemporáneos, abordando la insatisfacción crónica y el vértigo de lo posible.

– ¿Cómo fueron aceitando entre vos y Roberto la tarea de trabajar lo ficcional y lo real en la puesta?

– Con mucho trabajo, lo ensayos duraron un año. Antes de estrenar habíamos hecho 50 pasadas completas. Ahora es fácil de ver y de disfrutar, pero antes de ejecutarlo es muy complejo. La intensidad, la dedicación, la prueba y el error. Pero lo disfrutamos mucho. Lo bueno es que nuestro productor, también nos ofreció hacer funciones previas para escuelas de teatro, en los barrios del Conurbano y empezar a percibir la temperatura del público. El resultado nos sorprendió gratamente. La función oficial sucedió hace cuatro años, en El Teatro del Pueblo. De ahí vino un derrotero de presentaciones, viajes y grandes satisfacciones. Esta obra nos sigue dando sorpresas emotivas, y a donde vamos a actuar, nos invitan a regresar. Es un regalo que lo tomamos con mucha responsabilidad.

– ¿Cuáles fueron las decisiones importantes que tomaste para que, en una puesta extensa en duración, no decaiga su ritmo y no pierda su equilibrio?

– Todo lo que tenemos, estudiamos y trabajamos anteriormente, se desvanece cuando estás en la sala de ensayo, porque ningún ensayo es igual al anterior y  todo lo que vos aprendiste en una obra, te puede servir para algunas cosas, pero muchas no te sirven para nada. Uno desarrolla un nivel de intuición que no es algo mágico y divino. La intuición se forma, se trabaja, como si fuese el primer espectador de la obra. Lo que hacemos no es simplemente para el disfrute propio y creo que ahí hay una clave. Cuando el director o la directora de escena, entiende que se trabaja para el otro, es como cuando esperás a alguien para cenar. Preparás la comida, te fijás que esté a una temperatura agradable, que esté bien condimentado, que sea nutritivo, estás atento a los detalles. Eso para mí, es mirar el ensayo. Una obra no se monta, una obra se descubre.

Nuestro objetivo es llegar a la gente a través de una historia, pero básicamente, a través de las emociones, de la conmoción, de la risa, del asombro, del espanto.

– Pero para eso, ¿se requiere más de oficio y experiencia? ¿Cuándo se abre el telón, se siente que toda la biblioteca del director, le prende fuego?

– Sucede siempre. En mis clases de dramaturgia, siempre digo, hay que escribir una primera obra que sea muy mala para que la segunda salga más o menos bien. Y para que en la tercera algunas cosas estén buenas para que la cuarta salga linda. Ese es el oficio, la prueba y el error, y que toda la teoría que uno tiene en la cabeza, pueda convertirse en algo práctico y útil, para que una obra tenga que funcionar. Es como decía un maestro que tuve: “Si emociona, entonces funciona”. Nuestro objetivo es llegar a la gente a través de una narración, a través de una ficción, a través de una historia, pero básicamente, a través de las emociones, de la conmoción, de la risa, del asombro, del espanto. Si nosotros logramos hacer eso, nuestra misión está cumplida. Así el teatro logra lo que no logra ninguna otra cosa.

– Para vos, el teatro es ¿el último refugio para conservar cierta humanidad y conciencia, ante un mundo fascinado por la IA?

– Al teatro se lo viene matando un montón de veces. Cuando apareció el cine, decían que el teatro moriría. Después, la radio, la televisión, Internet y, aun así, seguimos. Mauricio Kartun, gran maestro argentino, dice justamente que, si el teatro está muerto, el teatro está libre. En la gran época de la pintura, llegó la fotografía y supuestamente, la pintura iba a morir y al contrario, la fotografía se liberó y apareció el cubismo y el expresionismo, porque ya no tenía que cumplir lo que ahora hacía la fotografía. Todas las herramientas que vengan, pueden ser maravillosas en un montón de planos. El teatro, siempre tendrá la libertad de ser teatro en la conexión uno a uno. Hay una frase que me encanta que dice: “El teatro no soy yo contando una historia, ni vos del otro lado escuchando, el teatro es lo que pasa en el espacio entre nosotros dos”. Generar un espacio de escucha, de juntarnos en el mismo lugar, eso hace, que el teatro no muera nunca. Cada vez más nos relacionamos por medio de Zoom, de WhatsApp. Pero el teatro, es el único espacio que propone encontrarnos a la misma hora, en el mismo lugar, un montón de gente, sentarse y escuchar a otra persona que nos diga algo. Eso mismo tiene un poder ritual invaluable. Por eso el teatro es hablarnos a la cara.

Con oficio artesanal. Dionisi es uno de los realizadores jóvenes con fuerte presencia en escenarios nacionales. Cofundó la Compañía Criolla y los Premios Konex lo reconocieron en 2021 como la figura más relevante del espectáculo argentino.

– ¿Cómo ves que la IA irrumpe en todos los ámbitos de lo cotidiano? ¿cómo encajaría en el mundo teatral?

– El contacto físico entre el entre el espectador y el actor, ese es el tema. Ver un cuerpo vivo, que la función de hoy no sea igual que la de ayer, ni la de mañana. Que también, los espectadores cambian, que cambian las interpretaciones del director, del autor y también del espectador. No soy una persona muy tecnológica que digamos, sigo manejándome con una agenda de papel. Cuando se masificó Internet, mis maestros se agarraban la cabeza y decían: “Los chicos no van a trabajar más, no van a estudiar más, nunca más crearán algo propio y lo descargarán de Internet y que nos convertiremos en una generación de burros. En realidad, Internet nos trajo cosas maravillosas y cosas espantosas también. Con el asunto de la inteligencia artificial es demasiado reciente, estamos muy cerca todavía para poder juzgarla bien. Pero sostengo que es imposible que reemplace a la gente. Puede ser una herramienta útil, fantástica y sorprendente que la iremos descubriendo con el tiempo. Ojalá la usemos para el bien, porque los seres humanos tenemos esa maldita costumbre de usar las cosas buenas para la destrucción.

– En este contexto social y económico ¿Cómo se desenvuelven como compañía teatral para no abandonar y bajar los brazos?

– Somos bastante afortunados de poder vivir desde hace 15 años del teatro. Eso es un privilegio del cual estoy muy agradecido. ¿Cómo hacemos para no bajar los brazos? porque somos argentinos. Si en algo estamos bien entrenados, es en volver a levantarse. Mis bisabuelos fueron empresarios textiles, un rubro como muchos otros golpeados históricamente. Con épocas buenas y otras de malaria. Los he visto quebrar dos veces, que las fábricas cierren, tener que mudarnos, levantarse y volver a trabajar. Esto es algo muy argentino. Pero no quiero romantizar las crisis, porque me encantaría de una vez por todas no tenerlas. Sé que mucha gente la está pasando muy mal. Tenemos una compañía de teatro que me sostiene, puedo vivir de lo que hago, pero conozco que otros no pueden decir lo mismo. Tampoco puedo decir livianamente que se sale adelante con voluntad. Se necesitan los apoyos, una política cultural, una política de Estado que haga que la cultura sea accesible para todos. De tener una industria cultural fuerte, pública, privada e independiente, todas, absolutamente todas. Eso tiene Argentina, un sabor agridulce, por momentos es fantástica, por otros es ingrata. Es el país que amo, que me permite desarrollarme, estudiar dos carreras universitarias, pero también hace doler.

 

Esta industria les da trabajo a muchos, artistas y no artistas. Una sala de teatro, le cambia la vida a un barrio, como a una ciudad. 

– ¿Por qué la mitad de la sociedad prefiere que no haya políticas culturales, que haya un teatro nacional, un cine nacional?

– Somos parte de una Latinoamérica que históricamente estuvo muy desbalanceada. ¿Por qué caemos cíclicamente en crisis? No lo sé. Pero difiero que haya una parte de la población que no quiera una industria cultural fuerte. Sí sostengo que a mucha gente la convencieron de que la cultura es un gasto y de que, si el Estado y la cultura no están, entonces vamos a estar mejor. No es cierto que la gente no quiera cultura. Para mí, está engañada y es el mayor problema. Esta industria les da trabajo a muchos, artistas y no artistas. Una sala de teatro, le cambia la vida a un barrio, como a una ciudad. El teatro, además del valor del entretenimiento que es un derecho también, es una huella de cultura y de nuestra identidad. Es dejar sentado quiénes somos. Nosotros vamos al teatro, a ver una película, a leer un libro, a caminar un museo, porque queremos entender quiénes somos, cómo sentimos, qué vivimos, qué nos hace reír, qué nos horroriza, a qué decimos que sí, y a qué decimos que no. Es nuestra huella cultural, es nuestra huella identitaria. Hacen una confusión maliciosa, manipuladora, con estrategias efectivas, que engaña a la gente que la cultura hace perder plata. Sabemos todos, que la fuga de guita que pierde el país, no está en la cultura, ni en los libros, ni en los centros culturales, está en otro lugar.

– Más allá de un espectáculo ¿qué lección nos deja “El Brote”?

– Me gusta pensar que el teatro abre más preguntas, antes que dar respuestas. No me pongo en el lugar de construir ficción para saber más que el espectador. Como creador, sí puedo señalar cosas que me parecen importantes. En este caso, “El Brote” me parece que viene a enfrentarnos con nuestras ansiedades, con nuestro lugar de pertenencia y frustraciones, con dónde nos gustaría estar, con las cosas que nos parecen injustas. Hay algo del orden de lo justo y de lo injusto, de lo merecido y de lo no merecido que plantea la obra, pero insisto, la plantea como pregunta. Además, el teatro no es solo lo que ves en la sala, también la charla posterior, la charla que desprende. Si “El Brote” puede abrir todos estos interrogantes, además de hacernos pasar una hora y media y viendo un actor extraordinario, haciendo un trabajo este titánico y sorprendente, ¿qué más podemos pedir?

Para saber

El unipersonal, protagonizado por Roberto Peloni -quien encarna a Beto- se consolida como una experiencia intensa que transita entre el humor más ácido y un submundo oscuro próximo a la locura. Beto, descubre que en la necesidad de ser “uno, ninguno y cien mil”, pierde el eje de su personalidad. La crítica ha calificado a la obra como un «espectáculo que no da respiro» y de una «gran belleza creativa», destacando también el notable aporte de la iluminación de Agnese Lozupone. El espectáculo cosechó varios premios y reconocimientos. Premio ACE 2023 a Mejor Actor y Mejor Autor; Premio Estrella de Mar 2024, en Mejor Autor y Mejor Dirección. Premio Florencio 2024 (Uruguay), como Mejor Espectáculo Extranjero; Obra Ganadora Fiesta CABA Instituto Nacional del Teatro 2025. El texto, publicado por Editorial Atuel, tiene su tercera edición y convirtiéndose en uno de los libros más vendidos de la editorial. La escenografía es de Micaela Sleigh, la iluminación de Agnese Lozupone, en sonido Martín Rodríguez y la producción general de la Compañía Criolla.

Para agendar

“El Brote” tendrá su función este viernes 3 de julio, a las 22 hs. en Teatro del Bicentenario (España y Santa Fe). Las entradas se encuentran disponibles en la boletería del Teatro y a través de TuEntrada.com, con valores de $40.000, $35.000 y $30.000. Además, el público podrá acceder a un 20% de descuento de lanzamiento utilizando el código: ELBROTE.

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