Opinión
Un adiós a Paul Auster
Por Daniel Gil
08/05/2024
Después de cenar, tu hermana y tú toman el autobús 104 hacia Broadway para ir al cine New Yorker y entran en la frescura de aquel espacio oscuro a ver Ordet (La palabra), la película de Carl Dreyer de 1955. Normalmente, no te interesaría un filme sobre cristianismo y cuestiones de fe religiosa, pero la dirección de Dreyer es tan precisa y penetrante que enseguida te sientes atrapado en la historia, cuyo comienzo te recuerda una obra musical, como si el filme fuese una traducción visual de una invención a dos partes de Bach. (Invisible, 2009, Paul Auster)
Leyendo el diario mientras desayunaba, me enteré no sin un dejo de tristeza del fallecimiento de Paul Auster (ocurrida el 30 de abril de 2024), el escritor norteamericano que me deslumbró a fines de los ‘80 con “La trilogía de Nueva York”, y apenas entrados los ’90, con dos libros capitales de la literatura norteamericana de fines del siglo XX “El palacio de la luna” y “Leviatán”. Pero Auster, aparte de un gran escritor fue un apasionado del cine, y es en esta categoría que nos ocupamos de él en la siguiente columna.
Un escritor enamorado del cine
El interés de Auster por el cine excedió el de simple espectador. Ya en sus años jóvenes durante su estadía en Paris, rindió un exámen de ingreso en el Instituto de Altos Estudios de Cinematografía, y más allá del resultado, pronto se dio cuenta que no era un medio en el que pudiera desenvolverse con comodidad como bien señala en una antigua entrevista: “Cuando era joven, era un fan del cine. Inclusive, pensé en estudiarlo y dedicarme profesionalmente. Pero no lo hice porque no tenía la personalidad que se requiere para dirigir. Yo era muy tímido y no me gustaba hablar en público.”, contaba.
Sin embargo, su tarea literaria acercaría a Auster al cine a través de la adaptación de sus novelas, sus guiones y finalmente la dirección de tres películas, -una de las cuales firmó en colaboración con Wayne Wang- y las otras en solitario. De estas obras hablaremos a continuación.
Los comienzos
“La música del azar”, novela editada en 1990 fue la primera de sus obras llevadas al cine. La película nos narra la historia de Jim un ex-bombero perdido en la ruta, con algo de dinero y un auto nuevo. En medio del camino, levanta a un desconocido que ha recibido una brutal paliza. Este es Jack Pozzi, un jugador de cartas que convence a Jim para que se juegue todo su dinero, 10.000 dólares, en una partida contra dos millonarios excéntricos.
Este escrito, llegó a la pantalla grande con la dirección de Philip Hass tres años después de editarse. Durante el rodaje del filme, Auster cumplió su sueño juvenil de estar en un set de filmación y además realizó un pequeño papel de un chofer que pasea a su protagonista del cual se arrepentiría toda su vida. Si bien la película no fue un éxito, ni de público ni de critica los caminos de Auster y el cine comenzaban a ligarse de manera definitiva.
En 1995, Wayne Wang, director reconocido por su cinta “El club de la buena estrella” contactó a Auster luego de leer “El cuento de Navidad de Auggie Wren”, que se publicó en The New York Times para la Navidad de 1990. Wang le comentó que estaba interesado en trabajar con ese material para desarrollar su nueva película y luego de varias conversaciones, Auster decidió ceder los derechos con la condición de trabajar él mismo en el guión de la adaptación.
La película terminaría ganando el Oso de Plata en la Berlinale y el premio al Mejor primer guión en los Independent Spirit Awards de aquel año. El debut de Auster en la tarea de guionista no pudo ser más auspicioso, “Smoke” es una pequeña y adorable película en la que todo funciona como se debe. No hay una historia en ella, sino varias fragmentadas: un escritor obsesionado por la pérdida de su esposa; un joven que cambia de identidad para cada persona que conoce, un hombre que fotografía todos los días la misma esquina, entre otas.
Como siempre en Auster, estas historias, en un principio inconexas, por obra del azar se mezclan y entrelazan una con otras en un loop interminable que da lugar a nuevas historias, merced a un magistral guión del escritor, que cuenta además con un casting excepcional de actores que le dan vida a sus personajes. Esas historias, que suceden alrededor de una vieja tienda de cigarros en el centro de Brooklyn, poseen ese tipo de magia que dejan con la sensación de que algunas de ellas bien podrían pasar alrededor del negocio de tu barrio. Auster pintó su aldea neoyorkina y con ello al mundo, como bien mandaba la frase atribuida a león Tolstoi.
Con la exitosa experiencia de “Smoke”, la dupla Wang – Auster decidió continuar con su colaboración, realizando una especie de continuación de la película anterior. “Blue on the face” se tituló el nuevo film, que sigue la evolución de las historias de algunos de los personajes del film anterior introduciendo a otras nuevas caras que enriquecen el relato. La película fue bien recibida, al igual que la anterior, coincidiendo que si bien estaba un peldaño abajo en la consideración cinéfila, no dejaba de ser una digna secuela de “Smoke” y para regocijo de Paul, en esta ya compartía la dirección oficialmente.
Sus películas como director
Finalmente a fines de los ’90 Auster decidió dar el gran salto en solitario a la dirección de una película. “Lulu on the bridge” era un guión que ya venía trabajando desde hace tiempo para que fuera dirigido por el alemán Win Webders, pero una vez terminado decidió asumir la responsabilidad de su dirección.
La película cuenta la historia de un veterano músico de jazz que se enamora de una joven e inexperta actriz y que tras ser baleado en un confuso episodio, sueña mientras lo llevan al hospital con una intensa historia de amor. Esta producción no tuvo el menor éxito comercial y artísticamente tampoco le fue mejor, un poco por ser una historia cliché y otra por la falta de oficio de Auster que presenta un tercer acto sin la menor sombra de algo parecido a un climax, lo que hunde a la cinta en una medianía total.
Su última película es “La vida interior de Martin Frost”, que presentó en 2007 en el Festival de San Sebastián, y su trama, que incluye elementos sobrenaturales tiene su origen en un guión de una película colectiva que un productor pidió a Auster para una serie de doce episodios titulada “Cuentos eróticos”. Este proyecto quedó en la nada y Auster decidió seguir adelante solo, buscando financiación que finalmente consiguió a cambio de rodar la película en Portugal.
Esta es una película totalmente fallida que fracasó en todos sus niveles. Auster tomó cuenta de este fracaso y decidió dedicarse de lleno a su carrera literaria dejando la dirección de cine para siempre como él mismo cuenta en una extensa entrevista:
«De todos modos, la película fue un fracaso. No sirvió para nada. De alguna manera, trabajar durante año y medio en este proyecto para que nadie lo viera y tener 60 años en ese momento hizo que me dijera: A lo mejor debería dejar de hacer esto. No me sobra tanto tiempo y prefiero dedicarlo a escribir’. No creo que vuelva a hacerlo pero, ¿quién sabe? Quizá cambie de idea». «Conozco el placer que se siente al hacer películas. Lo que es implicarse a todos los niveles: en la actuación, en cámara, en los colores, en vestuario, hasta en peluquería y maquillaje. El montaje es emocionante. Todo lo que tiene que ver con el cine es fascinante (menos la parte del dinero, el negocio). Pero me alegro mucho de haber podido vivir esta experiencia».
Desde ese momento el escritor, ahora sí alejado de las pantallas siguió escribiendo y editando libros como “El hombre en la oscuridad”, “Parque del atardecer” o “4321” que ratificaron su lugar en la literatura norteamericana, y si bien el cine no lo extraña en su obra cinematográfica, breve y despareja, anida la clave que la hace trascendente para los cinéfilos: no es el trabajo de un gran director pero si de un hombre apasionado por el cine y eso no es poco.





