Pasiones del diablo

Arturo Sierra

Demonio Urbano I 02/06/2023

Yo no digo que sea el más feroz de los demonios, para nada. Pero tampoco creo que sea de los más flojitos… Entonces ¿por qué me hacen esto? Noche fría de jueves y yo laburando. Me mandaron como delivery de maldades a cubrir “Fragmentos de pasión”, la obra de teatro del elenco Ob Caenum que volvía una vez más al espacio de sala TES y no estaba dispuesto a perdérmela.

Orgullosamente, no soy un diablo optimista y la vibración de mis cuernos me anticipaba que algo no andaba bien. Siempre me la hacen difícil y esta noche, rara casualidad, me enviaban a opinar sobre lo que es una de mis especialidades: La pasión y sus vericuetos. Mmm… “cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía” dice el dicho y yo de santo no tengo un pelo.

Confieso que en principio me sentí como en casa. La obra comenzó de parabienes con una especie de cita a la pasión y muerte del innombrable. Luego, una parejita de actores -Guadalupe y Facundo- jugaban a ser “Los Pimpinela” a través de Medea, Jasón, Edipo y otros personajes de la mitología griega. Me divertían las ironías, disfrutaba las amenazas y dentelladas entre ellos, me excitaban las escenas lascivas…

Siempre me la hacen difícil y esta noche, rara casualidad, me enviaban a opinar sobre lo que es una de mis especialidades: La pasión y sus vericuetos.

Fotos cortesía Giselle Slavutzky- Gastón González

Se me congeló la sangre porque en mi paranoica diablez sospeché que me estaban aleccionando y me sentí humillado. “Uno no será muy brillante, pero su inteligencia tiene”-escuché decir a mi Ego herido-.

Hasta que caí en la cuenta ¿Qué hago yo aquí tan cómodamente trabajando? ¿Acaso no debiera estar padeciendo alguna ñoñez? Se me congeló la sangre y no sólo porque la sala estaba helada (probable estrategia para motivar el disconfort que debían representar los actores, aunque el efecto nos alcanzara a todos). Se me congeló la sangre porque en mi paranoica diablez sospeché que me estaban aleccionando y me sentí humillado. “Uno no será muy brillante, pero su inteligencia tiene”-escuché decir a mi Ego herido-.

Y es que se trata de sentirse descubierto en la propia, íntima y ocultísima vulnerabilidad. El dolor de no ser el único ni el mejor, el dolor de ser del montón y prescindente…

En principio fue la incredulidad y minimización de los hechos: ¡¡¡ Má siiii, métanse este currito de mala muerte en el culo !!! -me dije-, pero después sentí una furia que quemaba mi ya chamuscado interior: ¿¿¿En qué Mandinga de cuarta apostarán mi relevo???

Se trata de sentirse descubierto en la propia, íntima y ocultísima vulnerabilidad. El dolor de no ser el único ni el mejor, el dolor de ser del montón y prescindente…

Se me crispó la joroba, se me erizaron los pelos, el vapor de mi aliento caliente comenzó a envolverme en una nube de celos. El entramado neuronal de mi cerebro a modo de tentáculos rabiosos, comenzó a escanear los posibles nombres de los traidores…

Mientras fantaseaba con boicotear el casting de demonios que hallaría mi reemplazo, como en un espejo, me iba mimetizando con las pasiones que los actores retrataban: FICCIÓN, CONFESIÓN Y CUERPOS TRANSIDOS POR EL DOLOR.

Traté de tranquilizarme. La mejor defensa es un buen ataque –me dije- y el ataque sería a través de la Ficción. Inventaría una situación que me pusiera fuera de escena para que supieran lo que es perderme, para que me valoraran y me extrañaran. Los “madrugaría” diciéndoles que tengo un ofrecimiento del Purgatorio donde me necesitan para hacer una suplencia, de modo tal que el carácter transitorio de la misma, diera espacio al sufrimiento, introspección y arrepentimiento de mis infieles empleadores.

Pero pensándolo bien, una mejor estrategia sería la Confesión. Sí, desenmascararlos contándoles la verdad: Decirles que no soy tan ingenuo como ellos creen. Que me han subestimado y que he descubierto su ladina intención y aunque me siento muy dolido al respecto, estoy dispuesto a perdonarlos. A fin de cuentas los diablos también cometemos un “sincericidio” de vez en cuando ¿por qué no?

Promediando ya la duración de la obra, como en un periplo desquiciado, mi atención iba y venía del guion a mi soliloquio.

En un ambiente de boliche con roja iluminación los ahora bailarines comenzaban a despedirse mientras yo asombrado asistía a tamaña perversidad. Como en una montaña rusa mis sentimientos se habían elevado para caer por una empinada pendiente mientras ella, graciosamente, con una nariz de payaso arengaba: ¡Seamos libres, que lo demás no importa nada!

BASTAAAAA!!! Me dije, me rindo, reconozco mi humilde maldad y hasta pido disculpas por la mediocridad de la misma…

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