Opinión

Para quién, con qué, desde dónde

Por Damián López

cinehopper

Cine en Nueva York (New York Movie – 1939) Óleo sobre lienzo 82×102, por Edward Hopper. MOMA.

¿Qué nos separa de toda la cultura que nos rodea? …

¿Qué nos separa de toda la cultura que nos rodea? ¿Por qué hay museos vacíos? ¿Por qué una persona que hace 20 años que vive en Barcelona puede no conocer todavía la Sagrada Familia? ¿Por qué hay espectáculos gratuitos que no se llenan? ¿Por qué cuando vamos dos o tres veces seguidas a eventos del mismo rubro, empezamos a reconocer las mismas caras? ¿Por qué todavía hay gente que dice que en ciertos lugares “no pasa nada”? ¿Tener obras de arte “a mano” es suficiente para que nos involucremos con ellas? ¿Es siempre así? ¿Va a ser siempre así?

Antes de que alguien se escandalice: ya sabemos. Ya sabemos que son preguntas muy complejas, que tienen muchas respuestas, que ninguna de esas respuestas es fácil, que hace falta un gran debate que, por suerte, muchos están intentando (sos)tener. Pero hay otras cosas que sí sabemos, de las positivas y las no tanto. Y si estamos acá para algo, es para ensayar respuestas:

Estamos rodeados de expresiones artísticas, de todos los tipos, de todas las ramas, para todos los gustos y bolsillos. Obras de arte en las calles (de artistas plásticos locales de renombre internacional), murales y esculturas en muchas edificaciones e incluso las edificaciones mismas, música en las plazas (cuando el Estado permite), obras de teatro, teatros, museos. Aun así, muchos emprendimientos artísticos no prosperan en el tiempo, cuesta sostenerlos, generar una continuidad; y los que ya están establecidos languidecen y permanecen abiertos porque ya están asignados los fondos para garantizar su funcionamiento.

Si de algo nos ha servido la globalización es para democratizar el acceso a la tecnología (…) ¿Siguen las diferencias? Por supuesto.

Si de algo nos ha servido la globalización es para democratizar el acceso a la tecnología: las producciones musicales, teatrales, audiovisuales y editoriales de los “centros” y los “márgenes” ya no se distinguen tan fácilmente en características técnicas. ¿Siguen las diferencias? Por supuesto: hay condiciones sociopolíticas que no cambian porque ahora podemos comprar por Mercado Libre y ver reseñas en YouTube. Pero para los que realmente se empeñan, los que asumen el oficio de la cultura y no pretenden cargarse el mote de “provincianos” en ningún rasgo posible, para ellos hay muchas más herramientas disponibles. Las producciones artísticas “locales” (las posta, se entiende) no tienen nada que envidiarle a las “de afuera”, ni por sus ideas ni por su técnica.

– Hay gente que cree que la “exposición” a la cultura es un valor en sí mismo, que caminar por una ciudad en la que puede verse arte a la vuelta de la esquina contribuye a mejorar cuestiones simbólicas (como la experiencia urbana del espíritu humano) pero también materiales (como el valor del metro cuadrado cubierto). No quisiera apurarme y decir que esto no es cierto: el arte tiene maneras de conectarse con los sujetos y generar experiencias que trascienden las intenciones de quienes la producen o la “ubican”. Pero me queda la duda de cuánto de ese encuentro termina dependiendo del azar, y cuánto de ese azar es, en realidad, un status quo que pocos están intentando cambiar. Las propuestas artísticas “para todos”, entonces, no pueden traspasar una barrera que ni siquiera están intentando destruir.

El arte tiene maneras de conectarse con los sujetos (…) Pero me queda la duda de cuánto de ese encuentro termina dependiendo del azar, y cuánto de ese azar es, en realidad, un status quo que pocos están intentando cambiar…

Muchas propuestas culturales públicas están diseñadas según criterios que no nacen de una articulación profunda con el campo cultural. A los artistas se les exige organización, claridad, regularización de su situación impositiva: todas cosas importantes, no pienso negarlo. Pero al mismo tiempo se les impide, con maniobras más o menos sutiles, acceder a una toma estructural de decisiones que, en el corto plazo inclusive, significaría un uso más eficiente de los recursos públicos.

Los artistas, con su formación, son los que casi siempre saben mejor cómo organizar conceptualmente las complejas disciplinas implicadas en la cultura. Esto se hace muy evidente, por ejemplo, en el campo editorial, que no es el de la literatura, ni el del diseño ni el de la crítica o la gestión cultural, pero es un cruce de todos ellos, y eso termina por excluir a las editoriales de todas esas propuestas, o bien dando cabida a voces que no siempre saben de lo que están hablando y que tampoco les interesa saberlo. Una atmósfera de pluralidad que (uno termina sospechando) esconde una triste realidad: muchas veces es más importante la necesidad de mantener la “inofensividad” de las propuestas que darle lugar a personas formadas y lúcidas que, tangencialmente, podrían no estar 100% de acuerdo con el discurso de turno. El resultado son propuestas interesantes, prolijas, pero condenadas a la desconfianza de muchos.

La gestión independiente no deja de cargar con muchos de esos mismos impulsos endogámicos. Por supuesto que no hay punto de comparación entre la responsabilidad de unos y otros: dicho muy superficialmente, el Estado tiene la responsabilidad de garantizar el acceso a productos artísticos diversos y de calidad, de proveer la infraestructura necesaria para el desarrollo de propuestas cada vez más completas y complejas, la capacitación, la visibilización del esfuerzo de artistas que siguen apostando por San Juan aunque ya están proyectados internacionalmente.

Y también, en plan de honestidad, hay que decir que todavía persiste mucho resentimiento, mucho separatismo, mucho individualismo, poca apertura a la crítica (no puedo evitar pensar en toda la gente que dirá que estoy hablando de mí mismo, porque así somos). Mucho hacer para pocos, con un lenguaje cuasi secreto diseñado para dejar gente afuera, subestimando de antemano a un público posible y al propio proyecto. Pero eso está cambiando. Iba a decir “por suerte” pero no, no es suerte, es el laburo entregado de muchas personas que día a día generan espacios colectivos, de diálogo, donde se acepta el disenso porque lo que se busca son los puntos en común. Personas que generan espacios y los abren, y se animan a mirar otras estéticas, otras generaciones (y lo digo con un profundo agradecimiento: ahora soy yo el viejo en los eventos). Y todo lo hace con una irreverencia tan pero tan saludable, porque nos permite vincularnos desde un respeto basado en el trabajo, no en cronologías vacías en las que “los mayores” son objeto automático de admiración y pleitesía. Y porque esa irreverencia se sostiene en un profundo conocimiento del propio contexto, algo en lo que, seamos sinceros, muchos cometemos errores groseros.

Sigue habiendo gente que pasa de largo por la puerta de la Catedral […] gente que no tiene en su horizonte de posibilidades la idea de asistir a una muestra, o una lectura de poesía […]  tiene derecho a no ir, pero no se trata del derecho, se trata de la posibilidad de elegir.

Todo esto lo sabemos.

Y con todo esto que sabemos, sigue habiendo gente que pasa de largo por la puerta de la Catedral, gente que probablemente nunca conocerá todo el sentido de esa iconografía (comparta o no la Fe que la impulsa). Gente que no tiene en su horizonte de posibilidades la idea de asistir a una muestra, o a una lectura de poesía, o a un recital de música experimental. Y por supuesto que tiene derecho a no ir (muchos de “nosotros” no vamos), pero no se trata del derecho, se trata de la posibilidad de elegir.

Elegir para quién. Elegir con quién. Elegir desde dónde, con qué recursos, renunciando a qué, avalando qué, comunicando qué, esperando qué, demandando qué, construyendo qué.  Y trabajar por eso.

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