Matar al cartero

Arturo Sierra

Demonio Urbano I 14/08/2023

Adoro la masa viscosa y gris de la mediocridad, es mi bocado predilecto. Y me encanta ver atrapada en ella -a modo de chicharrones en la semita- a toda la tilinguería. Creo que los humanos son más torpes que perversos, por eso me odian. No superan aquello de “matar al cartero”. Prefieren la alabanza lisonjera a la sinceridad constructiva de este abnegado servidor.

Ahora me tocó cubrir “Bajo terapia”, (obra de teatro escrita por Matías Del Federico y llevada a escena por el elenco local Las Aventuras de Poseidón, con dirección de Marcelo Villanueva Meyer que se estrenó el viernes 11 de agosto en sala Z) y en mi vasto entender, un poco de eso se trataba la historia.

Matar al mensajero es una poética manera de referir el hecho de culpar a una persona que trae malas noticias en lugar de atacar la causa de las mismas.

Maravilloso recordar que antiguamente, en tiempos de guerra, los mensajes eran enviados por un emisario humano desde un campamento enemigo y éste pobre generalmente, no resultaba ileso…

El otrora sacrificado oficio de mensajero podría compararse hoy con la psicoterapéutica. Claro que a los pobres carteros de antaño los mandaban a la muerte, en cambio a “les psicólogues” ¿quién les manda? Que se jodan, por avivar giles.

En defensa de la gilada, debo decir que admiro también su espíritu de sacrificio. ¡Claro que sí! Defendiendo perseverantemente su zona de confort. Gente obcecadamente previsora que desde el 2019 conserva sus gafas para mirar el eclipse, por ejemplo.

¿Cuál es la novedad, me pregunto? se exponen estereotipos de roles vinculares fundados y sostenidos secularmente por lo que la rebeldía de las nuevas féminas ha dado en llamar “patriarcado”. Siempre existieron las relaciones desiguales de poder, condición necesaria –por otra parte- para someter a los débiles ¿cómo si no?. Ahora le dicen “situaciones de violencia legitimada y naturalizada por repetición” ¡puro gusto de meter el dedo en la llaga! me parece…

El novel elenco pone en escena a tres parejitas heterosexuales que debaten en una supuesta terapia de grupo cuestiones de la vida cotidiana, repasando desde los recuerdos más risueños a los más oscuros secretos.

Hay accidentes que suman, dándole un plus de realismo a la representación y es lo que sucedió cuando a Andrea –la esposa de Roberto- se le vuelca el sillón rojo para atrás cayendo graciosamente sobre sus espaldas y quedando patitas para arriba.

¡Hasta yo me creí la caída! Si el desplome no fue accidental, debo reconocer entonces que resultó tan bien logrado que consiguió engañarme.

No faltaron los pliegues y repliegues húmedos de las sábanas. La parte que en lo personal, como diablo macho que soy, más me interesa. Y sí… ¿acaso vamos a estigmatizar “una necesidad fisiológica”? El problema es cuando la necesidad no es compartida, entonces –como buen cazador- hay que rebuscárselas para satisfacerla.

Claro que hay una amplia gama de rebusques en este sentido que hasta se pueden historiar. Conozco filántropos que han dedicado en varios tomos verdaderos trabajos de Tesis a este tema.

A esta altura del partido me animo a afirmar que la historia de la seducción -esta pulseada a veces injusta y desigual- es prácticamente la historia de la humanidad. Y si, así son los humanos.

En la RAI (Real Academia Infernal) nos enseñaron que el término del latín humanus compuesto por humus (tierra) y el sufijo anus, no indica precisamente tierra en el ano, sino procedencia de la tierra. Es decir, los humanos vienen de la tierra, originalmente embarrados, como simpáticos cerditos chapoteando en el lodo.

Provocativo y siempre vigente el tema de la seducción como colonización del objeto del deseo. Quizá gran parte del público asistente sabía que de eso se trataba la obra.

Probablemente por amistad, compromiso o familiaridad con los integrantes del elenco –o por auténtico morbo- se estrenó a sala repleta, aunque no pretendo para nada quitarle mérito a su reconocido Director ni tampoco a la problemática que la obra plantea.

Por lo demás, la gente cabezona o con peinados abultados debiera ubicarse en las últimas filas para no interferir en la visualidad del espacio escenográfico.

Señoras con tos, por favor abstenerse.

Y una súplica final: ubiquen las sillas un poquito más separadas ya que por poco terminamos habitando los muslos de algún ilustre desconocido.

¡Y que siga el show!

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