Opinión

Lo que se cifra en el nombre

Por Damián López

Manifestaciòn Berni

«Manifestación», Antonio Berni (1934)

 

Desde que existe la noción de comunidad existe la noción de cultura, la necesidad de darle un nombre a quienes participan (conscientemente) de esa construcción colectiva, sobre todo en el campo del arte. En ese sentido, desde hace algunos años se puede notar un “corrimiento terminológico”: muchas personas han abandonado el uso de la palabra “artista” (o sus subgrupos: escritor, músico, artista plástico) y prefieren la expresión “trabajador de la cultura”.

Este cambio tiene que ver con un deseo de visibilizar una serie de desafíos y problemáticas que todo participante de este campo atraviesa, y que no siempre quedan claras en una denominación como “artista”, sobre todo porque esa palabra carga con toda una historia de significados que la asocia con la inspiración, la singularidad, la excentricidad incluso, rasgos que aparentemente, elevarían al individuo productor de arte por sobre los avatares de la vida cotidiana: comer, pagar la luz, gozar de las delicias de una obra social… cuestiones menores como esas (entiéndase el sarcasmo).

Pensar al artista como un trabajador de la cultura implica incluirlo en el espectro histórico de otro término y, por ende, en una dinámica completamente diferente. El trabajador, en principio, es el que destina una parte significativa de su tiempo a una actividad por la que espera una remuneración, porque el que trabaja, trabaja para otros: donde hay trabajador, hay patrón. Es por eso que el trabajador se organiza en colectivos para negociar mejoras, o para luchar por derechos que no pueden obtenerse por vías más diplomáticas.

El trabajador de la cultura es un trabajador, sí, pero de la cultura, que no es lo mismo que producir en serie, (…) y no queda claro si esa diferenciación termina enalteciendo o envileciendo a los artistas que intentan despegarse del, digamos, proletariado proletario.

También el trabajador es aquel que está, en cierto sentido, por afuera de las lógicas de producción/consumo: el trabajador trabaja y otro se encarga de correr con los riesgos financieros que implica mover un producto en el mercado; su salario está asegurado, el trabajo ya está hecho. Por supuesto que, si algo nos quedó del pensamiento marxista, es la plusvalía: en la mayoría de los casos, el trabajador produce mucho más valor que aquel por el que es remunerado, lo cual genera una tensión permanente con la patronal, que argumenta correr con todos los riesgos y con la carga de la inversión de capital, que paga “lo que corresponde” y beneficia a la sociedad con su mera existencia, y que si no les gusta se pueden mandar a mudar, que en la puerta hay una cola interminable de gente que haría el mismo trabajo por la mitad de la plata, y ni hablar en India, en China o en cualquiera de esos países.

La cosa se complica un poco, o bastante, cuando en esta “migración” pretendemos involucrar el tema de la creatividad: el trabajador de la cultura es un trabajador, sí, pero de la cultura, que no es lo mismo que producir en serie, implica otros tiempos, otras búsquedas, otros desgastes emocionales. Al menos eso dicen, y no queda claro si esa diferenciación termina enalteciendo o envileciendo a los artistas que intentan despegarse del, digamos, proletariado proletario.

Conocer todo lo que hace falta para que un hecho artístico/cultural suceda nos amplía el espectro de lo que un trabajador de la cultura puede ser, nos integra a un colectivo mucho mayor, nos permite organizarnos colectivamente y ajustar tanto nuestros reclamos como nuestros roles en todo el proceso.

Esa, parece ser, la disyuntiva. Y aunque sea muy positivo que nada se defina del todo, que nada se calcifique, que no perdamos el estado de reflexión permanente, por ahora da la sensación de que nos hemos quedado con lo más conveniente (y al mismo tiempo no) de las dos opciones: por un lado, muchos siguen pretendiendo mantener ese estatus de “alma sensible” que se justifica a sí misma en todos sus actos, que puede funcionar a su propio tiempo, en cierta medida con sus propias reglas, que se diferencia de la plebe que no se anima, que no entiende, salvo que avale, permita y sobre todo, consuma; y por otro, buscan que se les garantice una seguridad económica y social propia de quien produce en serie, con un horario de entrada y de salida, con estrictas normas.

Que quede claro: estamos más que de acuerdo en que las personas dedicadas a la producción de arte y cultura necesitan que se repiense su situación ante la ley, su realidad previsional e impositiva, su acceso a la salud, el reconocimiento de su contribución al capital simbólico de un pueblo. El mercado de las artes, de todas las artes, mantiene a los productores en la ilusión de su propia excelencia, de su propia excentricidad (dólares más, dólares menos).

Mientras tanto, embolsa millonadas de manos de la gente (desde jeques árabes que compran obras de arte hasta estudiantes fanáticos de los recitales en vivo) que van a parar, en su gran mayoría, a las manos de corporaciones, que porque son corporaciones, benefician con éxito y protagonismo a las producciones “artísticas” más serviles a sus intereses, que son básicamente uno solo: embolsar millonadas. Un beneficio adyacente es que al ensalzar la singularidad del artista también se infla su ego, lo cual lo hace, oh, casualidad, menos propenso a cuestionar el status quo, asociarse colectivamente, establecer y desempeñar su rol en una lucha social integrada y articulada en toda forma de trabajo, no solo el artístico.

La flexibilización laboral disfrazada de libertad o bajada a rajatabla, la “des-responsabilización” de las empresas frente a la seguridad previsional de sus empleados, vienen avanzando peligrosamente en todos los sectores de la actividad económica.

También podemos plantearnos que la otra alternativa presenta todavía algunas zonas de debate, sobre todo si se la piensa igualmente obligatoria. Del trabajador al emprendedor, del artista al “full DIY” hay un gran trecho. Este cambio implica, es cierto, una gran ganancia: tomar conciencia e involucrarse en todas las etapas de un proceso complejo de producción y distribución del capital cultural del que disfrutamos día a día. Pero también puede desembocar en una forma de agotamiento y “estiramiento” que tampoco es justa si es una opción forzada.

No todos los escritores quieren ser editores, ni todos los músicos dedicarse a la producción, ni todos los actores desean hacer iluminación en sus propias obras. Conocer todo lo que hace falta para que un hecho artístico/cultural suceda nos amplía el espectro de lo que un trabajador de la cultura puede ser, nos integra a un colectivo mucho mayor, nos permite organizarnos colectivamente y ajustar tanto nuestros reclamos como nuestros roles en todo el proceso. Y esto no es aplicable solamente al ámbito cultural: la flexibilización laboral disfrazada de libertad o bajada a rajatabla, la “des-responsabilización” de las empresas frente a la seguridad previsional de sus empleados, vienen avanzando peligrosamente en todos los sectores de la actividad económica.

Como siempre, la respuesta no es sencilla ni aplicable a todos los casos. Considero fundamental la pregunta, el intercambio, la búsqueda. Cultura es tensión, movimiento, encuentro, disenso, producción no solo de “contenidos” sino también de reflexiones. El peor enemigo es el silencio.

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