Opinión
En busca de la identidad perdida
Por Sonia Parisí
“El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”
(“El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry)
Hay maravillosos ejemplos en la historia del arte que se pueden citar para hablar de la identidad. En esta ocasión elegí dos obras célebres de la literatura que fueron llevadas al cine respectivamente, como “El principito” de Antoine de Saint Exupéry y “La hisotria sin fin” de Michael Ende.
En una aproximación general se puede definir la identidad como un conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás. También se la podría entender como la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a otros o el hecho de ser alguien o algo el mismo que se supone o se busca. Todas claras explicaciones que sin embargo, aún no logran definir un concepto que está en crisis o al menos está siendo mundialmente problematizado.
Durante los últimos cincuenta años ocurrieron cambios radicales en el mundo, como por ejemplo la Revolución Digital que cambió todo de sentido. Asistimos al concepto universal de “aldea global”, cuya característica principal es la capacidad que tiene la gente de comunicarse inmediatamente desde cualquier lugar sin importar las distancias.
El uso masivo de las computadoras y la aparición de Internet produjeron una verdadera revolución en la enseñanza y en las comunicaciones. Modificó percepciones, conceptos y conductas. Con el fin de comunicar, relacionar e integrar, la informatización se aplicó a todas las prácticas, ciencias y saberes de la humanidad. La caída de paradigmas inamovibles puso antiguos conceptos en crisis, entre ellos el de identidad.
Creo que aún no podemos dimensionar los efectos de la revolución digital. Ya que no es la primera vez que lo que se celebra como un avance para la humanidad, termina siendo desvirtuado y utilizado geopolíticamente, motivo por el cual durante la segunda mitad del siglo XX, inmediatamente posterior a la revolución digital, surge la posmodernidad.
El movimiento posmoderno es aún difícil de definir, ya que la importancia que se da actualmente al uso del lenguaje como constructor de conocimiento, hace que las definiciones sean permanentemente problematizadas, adecuadas y reformuladas. Es decir que uno de los mayores problemas a la hora de tratar este tema es llegar a una definición precisa de lo que significa la postmodernidad desde una perspectiva en constante movimiento; el principal obstáculo proviene justamente del mismo proceso que se quiere definir, ya que el posmodernismo carece de sistema, de unidad y de coherencia.
Además de entenderse como un momento histórico o una postura filosófica, la posmodernidad constituye un movimiento artístico convencido del fracaso del proyecto modernista en su intento de lograr la emancipación de la humanidad y es ahí donde pretendo detenerme. La postmodernidad fundamentalmente defiende la hibridación, la cultura popular, el descentramiento de la autoridad científica e intelectual y la desconfianza ante los grandes relatos.
Cualitativamente creo que las artes se enriquecieron al imbuirse de nuevas ideologías como el feminismo, el ecologismo y los movimientos LGTB, capaces de englobar expresiones de resistencia y lucha por los derechos humanos en todo el mundo. Pero este proceso de hibridación, desmitificación y descentramiento, no ha podido evitar sin embargo, la fragilidad en la que había caído el concepto de identidad.
La digitalización expuso el imperativo de “globalizar” quedando la humanidad migrante convertida en “ciudadanos del mundo”. De alguna manera, esto explicaría la debilidad actual o pérdida de sentido de identidad. Ahora bien ¿a quiénes sirve o sirvió esta pérdida?
Tenemos que recuperar la historia como estrategia para fortalecer la identidad. Ya sabemos que no se puede amar lo que no se conoce y un pueblo desapasionado es sensiblemente más colonizable.
A esta altura de los acontecimientos, no podemos ser tan románticos o ingenuos como para no advertir que de todo este avance sobre el sentimiento de pertenencia, hay grandes beneficiarios. ¿Quiénes podrían ser? ¿A quiénes beneficia la deshistorización o la pérdida de identidad? No se me ocurre pensar otra cosa más que a los grandes trusts financieros del mundo en su interminable afán colonial.
En este punto -y como esta columna trata de analizar los procesos artísticos en la actualidad- me permito hacer la digresión de recordar “La historia sin fin” eternamente vigente y de profundo sentido filosófico. Ésta novela fue publicada en 1979, con la firma del alemán Michael Ende y posteriormente adaptada al cine por Wolfgang Petersen.
En ella, Bastian, lector que a través de la imaginación se convierte en un joven guerrero llamado Atreyu, encuentra un libro que habla sobre una tierra llamada Fantasía, lugar donde la oscuridad lo está destruyendo todo. Fantasía aguarda que un humano idéntico a Bastian llegue para salvar a los que en ella viven, antes de que la nada termine de devorarse todo.
Es importante recordar que en esta historia la Emperatriz de Fantasía no posee ningún nombre y el guerrero tiene que brindárselo para que no muera. ¿Qué pretendo inferir con la cita?
Quizá la metáfora nos advierte que la pérdida de identidad es comparable a la apatía que va avanzando sobre nuestros deseos. Perder la identidad equivale a perder las raíces, el sentido de pertenencia, la pasión y los sueños. Nombrar en cambio significa dar vida.
Hoy se nos insta insistentemente a “desapegarnos y dejar fluir” y personalmente creo que esto de trabajar en nuestra independencia no significa sacrificar el sentido de pertenencia o identidad, sino más bien todo lo contrario y me animo a agregar que sólo aquellas identidades fuertes son las que pueden ser independientes.
¿Se puede entonces construir el desapego sin abandonar? Sí. Trabajando en la identidad que es lo que va a darnos independencia.
Tenemos que recuperar la historia como estrategia para fortalecer la identidad. Ya sabemos que no se puede amar lo que no se conoce y un pueblo desapasionado es sensiblemente más colonizable.