Opinión
El gusto es todo mío
Por Damián López
«Merde d’artist», Piero Manzioni (1961)
En una de las clásicas secciones de preguntas y respuestas con las que se cerraba La Venganza será terrible, Alejandro Dolina recibía la siguiente pregunta: ¿Usted qué opina sobre la frase «Sobre gustos no hay nada escrito»? Con su natural pomposidad (y elocuencia y corrección gramatical), Dolina respondió algo como: Creo que es lo único sobre lo que se ha escrito.
Una de las obras fundamentales de la sociología del siglo XX es El sentido social del gusto, que apunta, entre muchos otros objetivos, a visibilizar las múltiples y complejas variables sociales, económicas y educativas que atraviesan (y condicionan) eso que llamamos gusto, y en ese gesto, revela las falsas argumentaciones con las que los defensores de la “alta cultura” sostienen una mirada peyorativa de todo aquel que no comulga con sus preferencias, o cuestiona las millonadas que se mueven en el mercado del arte en un mundo donde (con arte o no) el 1% de la población concentra el 90% de la riqueza. Como para dejar en claro sus intenciones, la tapa de una de las ediciones del libro muestra una lata de merde d’artist, obra del artista Piero Manzoni, de 1961.
Y para cerrar este pequeño catálogo de anécdotas, recuerdo la de la empleada de limpieza de un Museo que le largó a la directora la épica pregunta que muchos de nosotros tal vez también nos hacemos: ¿esto es arte o lo tiro?
Sin dudas, el gusto es una cuestión fundamental para la cultura y ha sido abordado desde muchas aristas. Pero hay una que no ha sido (a mi cortísimo entender) reflexionada lo suficiente, tal vez porque no tiene tano que ver con los receptores sino con los artistas.
Mucho se ha dicho y escrito acerca de la supuesta dosis de soberbia o locura necesarias para dedicarse al arte, y especialmente para considerarse a uno mismo poeta, músico, pintor, escultor, artista. Es casi un tufito que puede olerse en algunos casos, especialmente cuando sentimos que ese mote le queda grande a quien se lo coloca. Muchos de nosotros, aun con años de carrera y “notoriedad”, aun con un serio compromiso (de tiempo y recursos) con la cultura, hacemos divertidas piruetas discursivas para obviar el uso de ciertos adjetivos en nosotros mismos.
Si nos dedicamos a producir arte, es porque nos gusta lo que producimos. Ahora bien, si creemos, junto con Bourdieu, que el gusto es una construcción mediada por un montón de factores ¿no deberíamos preguntarnos si realmente nos “gusta” lo que hacemos?
No está mal que quienes trabajamos en la cultura asumamos nuestro rol, que estemos, digamos, en paz con lo que hacemos y nos apropiemos de esos términos que consideramos cuasi sagrados, pero tampoco abandonar la costumbre de preguntarnos de vez en cuando por qué hacemos lo que hacemos, es decir, con qué derecho o con qué intenciones ponemos a consideración de un público posible nuestros escritos, nuestra música, nuestra mirada cinematográfica, nuestra capacidad de encarnar personajes en un escenario (y hablo deliberadamente de los objetos culturales más “inmateriales”, o menos utilitarios).
Para decirlo en pocas palabras: si nos dedicamos a producir arte, es porque nos gusta lo que producimos. Ahora bien, si creemos, junto con Bourdieu, que el gusto es una construcción mediada por un montón de factores ¿no deberíamos preguntarnos si realmente nos “gusta” lo que hacemos? No la actividad, por supuesto, sino el producto. ¿No deberíamos tratar de ser conscientes de los condicionamientos socioeconómicos que, combinados con nuestras propias inquietudes, nos conducen a elegir ciertos soportes, ciertas temáticas, ciertos lenguajes?
A riesgo de ser autorreferencial, voy a ser autorreferencial, pero en tercera persona, como para que se note un poco menos.
Uno escribe, corrige, desecha, corrige, escribe, y en algún momento el texto se cierra y uno lo mira y dice “está bien, está muy bien, la verdad me gusta”. ¿Pero es verdad que a uno le gusta? O un poco más trágico: ¿debería gustarle a uno? ¿Por qué está bien que a uno le guste? ¿Por qué se espera que a un artista le guste lo que produce?
Está claro que uno no haría público algo con lo que no está conforme, o que no le cierra, o que transmite algún mensaje con el que no estamos del todo de acuerdo. Pero yo sospecho que incluso en ese marco de conformidad (y hasta alegría, por qué no) hay algo de inevitable, algo que trasciende las decisiones del propio sujeto y está ahí como fruto de un contexto que probablemente nadie puede manipular.
Uno escribe, corrige, desecha, corrige, escribe, y en algún momento el texto se cierra y uno lo mira y dice “está bien, está muy bien, la verdad me gusta”. ¿Pero es verdad que a uno le gusta? O un poco más trágico: ¿debería gustarle a uno? ¿Por qué está bien que a uno le guste? ¿Por qué se espera que a un artista le guste lo que produce?
Una vez, después de un relato en el que yo había reaccionado de forma efectiva a una situación jodida, mi analista me dijo: no voy a felicitarte por algo que no pensaste. Y tenía razón. Y pienso: está muy bien, por ejemplo, que se lo admire al Chango Spasiuk por su maestría en la ejecución del acordeón; está muy bien que uno se conmueva cuando escucha la música del Chango Spasiuk y le reconozca originalidad y profesionalismo y un alto grado de inversión emocional cuando toca. Pero me sigo quedando con la misma duda: no queda ninguna duda de que al Chango Spasiuk le gusta el chamamé, ahora: ¿le gusta “su” chamamé? ¿Preferiría componer otro tipo de chamamé? ¿Cuánto hay de nuestra voluntad racional en las temáticas que elegimos, las estéticas que elegimos, los lenguajes y soportes que elegimos? ¿No hay aunque sea una ínfima cuota de inevitabilidad? Y si la hay ¿qué tan válido es que nos gloriemos de nuestras producciones, si no son más ni menos que lo que podemos?
Creo que ahí podría haber una clave, porque tal vez no hay soberbia ni locura en los verdaderos artistas (aunque si la hay en muchos de los que desean tanto el rótulo que ni les hace falta producir mucho). Tal vez, entrampados como supuestamente estamos en nuestra historia y nuestro contexto, lo único que nos queda es un pequeño y común y corriente destino asumido: hacemos lo que hacemos porque no podemos no hacerlo. Y desde ese lugar se construye nuestra confianza en nuestra obra (y nuestra necesidad de interpelarla siempre), no desde la soberbia de que “el mundo merece leerme” (de la que tanto provecho han sacado las empresas de servicios editoriales) ni tampoco desde esa seudo humildad de que uno es un mero canal para otras energías o voces que nos usan para darse a conocer, o que uno es un papel adhesivo al que solito se le van pegando girones de sabiduría popular.
¿Deberíamos experimentar alegría cuando una obra (de cualquier disciplina en la que trabajemos) nos cierra, es lo que más o menos pretendíamos, responde a todos nuestros criterios? Claro que sí. Pero yo no quisiera olvidarme de que debajo de todo eso hay otra realidad, otra pulsión con la que convivimos y que es, para mí, mucho más real que el gusto: los que estamos en esta, estamos porque no nos queda otra, y mucho de lo que planteamos en nuestra obra a veces nos cuesta, y a veces nos duele, y a veces ni siquiera estamos de acuerdo. Pero es apenas lo que podemos.