Opinión

De la solidaridad a la sororidad en el arte

Por Sonia Parisí

Paredes

«Sin título», Victoria Oro

 

Terminando el Mes de la Mujer, siento la necesidad de retomar un concepto que había manifestado anteriormente en una de mis columnas y que es el de considerar la personalísima expresión individual en el ámbito de las actividades artísticas, como un derecho.

En ese contexto me refería a que “más que el deber, tenemos el derecho de ser creativos y tenemos que defender a como dé lugar ese derecho”. Me pareció muy oportuno hacerlo ya que en este mes conmemoramos en el mundo la lucha de las mujeres por la igualdad, el reconocimiento y ejercicio efectivo de sus derechos.

Me ha tocado ser testigo de diversas historias protagonizadas por artistas que por el sólo hecho de ser mujeres padecieron particularmente esto de “exceder el molde”. Y me animo a decir que el ambiente de las artes es uno de los lugares donde los derechos de la mujer se han visto más vulnerados.

¿Cómo miramos a las mujeres de nuestra comunidad inmediata? (…) ¿estoy acatando un discurso ajeno que no me consta o no me es propio? …

Es bien conocido que hasta poco más de un siglo atrás, las obras realizadas por mujeres eran firmadas por hombres para ser consideradas seriamente por jurados, consejos o tribunales integrados también exclusivamente por hombres.

Hemos estudiado historia del arte en libros donde los nombres de las mujeres pintoras eran una excepción. Las mujeres sólo aparecían representadas como personajes mitológicos o musas inspiradoras, vírgenes, santas, mártires, heroínas, reinas, princesas, madres o cortesanas.

Muchos siglos tuvieron que pasar para que las mujeres retratadas fueran personas comunes, anónimas, cotidianas, que no necesariamente corporizaran ningún arquetipo histórico, clerical o estereotipo patriarcal que las justificara. Así, después de una ardua resistencia silenciosa entraron por la gatera a las galerías como “personajes de relleno”, las campesinas, las esclavas, las prostitutas, las brujas, las viejas, las sucias, las gordas y las feas de la historia.

 

Sin necesidad de historiar por demás, son muy escasos los premios, museos, galerías, plazas o calles que hagan honor con su nombre a alguna mujer artista.

 

Muchísimo tiempo más hay que agregar para que se las considerara como artistas –autoras- cuya obra merecía integrar la valiosa colección de algún emblemático museo o galería. Actualmente y sin necesidad de historiar por demás, son muy escasos los premios, museos, galerías, plazas o calles que hagan honor con su nombre a alguna mujer artista.

Pero esto no concluye allí, sino que todavía en los congresos o conversatorios organizados alrededor de cuestiones de arte los moderadores, disertantes o críticos invitados a presentar ponencias, textos curatoriales o introducciones al estilo o a la obra de alguien, continúan siendo mayoritariamente varones.

Si vamos a consultar alguna biblioteca o librería técnica, pasa más o menos lo mismo. La autoría de los textos en general corresponde a nombres de hombres. Así también con la bibliografía sugerida en planificaciones y programas de estudios de grado universitario. Y si bien las mujeres podemos reconocernos colmando atelieres, seminarios, encuentros, congresos o workshops de infinitas y diversas cuestiones alrededor del arte, en general los profesores o disertantes invitados son varones. Paradójicamente, las organizadoras, promotoras, financistas y asistentes de estos talleres seguimos siendo mayoritariamente las mujeres.

A modo de ejemplo de estos prejuicios que gran parte de nuestra sociedad todavía sostiene, recientemente, en el ambiente artístico y cultural local se han suscitado discusiones acerca del término “decorativo” vinculado generalmente al quehacer artístico femenino. La tesis detonante no concluyó allí, sino que infirió además que la característica ornamental perjudicaría o iría en desmedro de este tipo producciones. Obviamente, la respuesta no sólo femenina, sino del ámbito intelectual, artístico y cultural no se hizo esperar y con distinto tenor y desde distintas plataformas de abordaje acudieron prontamente a cuestionarla y rebatirla.

En justicia tengo que decir también que gracias a la toma de conciencia, la sororidad y valentía de muchas mujeres que ofrecieron su lucha, este estado de situaciones va cambiando, pero muy lentamente y… ¡cómo nos cuesta!

«Zamba de amor», Alejandra Carabante

La diferencia entre solidaridad y sororidad radica en que la primera tiene que ver con un intercambio que subsana a modo de “parche” contingencias momentáneas, pero estas soluciones tan precarias no provocan grandes cambios…

¿Qué es lo que nos cuesta tanto visibilizar para aplicar la sororidad en el ambiente de las artes?

Consultando acerca de la SORORIDAD, la palabra está muy lejos de promover el odio, la venganza o la exclusión de lo masculino. Sino que se deriva de la hermandad entre mujeres, el percibirse como iguales que pueden aliarse, compartir y, sobre todo, cambiar su realidad debido a que todas, de diversas maneras, hemos experimentado en alguna ocasión este tipo de discriminación por el sólo hecho de ser mujer.

En principio confieso que entendí la “sororidad” como sinónimo de “solidaridad” entre las mujeres. Pero adentrándome más en el tema, descubrí que no es tan así, sino que significa mucho más que eso. La diferencia entre solidaridad y sororidad radica en que la primera tiene que ver con un intercambio que subsana a modo de “parche” contingencias momentáneas, pero estas soluciones tan precarias no provocan grandes cambios, contrariamente sólo permiten que las condiciones se mantengan como están; mientras que la sororidad, tiene implícita la modificación de las relaciones entre mujeres, que sin lugar a dudas supone un cambio de paradigma.

Sería interesante empezar a preguntarnos ¿Qué vemos en la otra? ¿Cómo miramos a las mujeres de nuestra comunidad inmediata? Yendo más profundo aún ¿Por qué motivos admiro a algunas y repudio a otras? ¿Estos motivos son resultado de experiencias personales con ellas o solidaridad para con otra persona? ¿Estoy acatando un discurso ajeno que no me consta o no me es propio? Si es así ¿Por qué lo estoy haciendo? Finalmente ¿A qué mandato le estoy poniendo el cuerpo? Y si estoy repudiando a otra porque creo que me perjudica en mis necesidades ¿Cómo puedo cambiar la estrategia?

Los cambios de paradigma comienzan por preguntas simples que debemos respondernos sincera y privadamente con la menor contaminación posible de presiones y prejuicios externos, tratando de ponernos siempre en el lugar de “la otra” en este caso.

Clarissa Pinkola Estés es una psicóloga especializada en las secuelas del trauma, activista social, poeta y escritora estadounidense multipremiada por sus obras publicadas en 32 idiomas. Es autora del libro “Mujeres que corren con los lobos” de donde elegí esta cita para terminar:

“Ser nosotros mismos hace que acabemos exiliados por muchos otros. Sin embargo, cumplir con lo que otros quieren nos causa exiliarnos de nosotros mismos”.

La frase contiene un potente aliento de autorrealización. El coraje de ser auténticas en cualquier ambiente y bajo cualquier circunstancia, nos permitirá descubrir, fortalecer y consolidar nuestra identidad. Retornaremos a la madre tierra y en ella a todas aquellas salvajes y no por ello menos sabias mujeres ancestrales que huyendo de la domesticación, dieron alas a su libertad.

«Sin título», Sonia Parisí

 

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