Opinión
Cultura en (pos) pandemia
Por Damián López
Ilustración: Juan J. Rodríguez
Una de las maneras más comunes de empezar un texto es hablar sobre lo difícil que es empezar un texto. Y ahora que lo pienso (y acabo de borrar mi propia versión de ese cliché) se me hace tan evidente la ironía que termina por causarme gracia. Toda persona involucrada en la construcción de cultura (los llamados “artistas”, los divulgadores, los técnicos, los libreros, algunos empleados de áreas estatales) entiende la creación cultural como algo que “viene de antes”, que se apoya en algo anterior, que es contestatario por su propia naturaleza.
Y aunque no se pueda, como Barthes tal vez hubiera deseado, entrar en un texto como quien ingresa a una conversación en marcha, sí se puede intentar un gesto de honestidad, y que el comienzo de un texto sea una declaración (siempre incompleta) de las cosas a la que ese texto contesta, o con las que pretende dialogar.
Vamos entonces, parte por parte.
Toda conversación es necesaria: sobre el “estado de las cosas”, sobre las necesidades reales que tenemos, los desafíos que atravesamos, los recursos con los que contamos, las experiencias que hemos atravesado y, especialmente, las responsabilidades que le caben a cada uno de los actores involucrados en la cultura.
Necesitamos encontrarnos y nutrirnos mutuamente, dentro de cada área específica de la cultura y también transversalmente. Si hay problemas que nos cuestan a todos, cada uno ha encontrado maneras diferentes de enfrentarlos (o esquivarlos). Si hay que agruparse, si hay que saber articular con diferentes instituciones, si hay que campear una burocracia para ganar espacios para lo que hacemos, lo mejor es que todo lo que hemos aprendido por nuestra cuenta (muchas veces a los tropezones) se vuelva colectivo.
Esto no se aplica solamente a la coyuntura, a cuestiones prácticas, a los desafíos del día a día. Muchas personas, además de producir cultura y gestionar espacios, dedican tiempo a reflexionar sobre su disciplina, la lógica que la estructura, y cómo puede expandirse y enriquecerse cuando se deja permear por otras lógicas. Es importante que no se pierda entre las urgencias de siempre el diálogo de fondo sobre cómo evolucionar el “funcionamiento interno” de cada disciplina, su vinculación con el Estado a través de programas y marcos legislativos, su llegada a públicos cada vez más amplios y diversos.
En definitiva, en San Juan hay propuestas culturales de muy alto nivel, sólidas y bien organizadas, artistas y gestores con una gran trayectoria y experiencias valiosísimas para compartir. Necesitamos encontrarnos, generar espacios de diálogo sostenidos donde compartir lo aprendido y proyectarnos en conjunto, especialmente en el contexto que se viene moldeando desde marzo de 2020. Un texto en una generosísima y esforzada revista puede ser un punto de partida para todo eso. Ojalá lo sea.
Pocas cosas nos han pateado el tablero como la pandemia que todavía atravesamos, y la crisis sanitaria estructural que la acompaña. Todo se ha resignificado, la cultura también.
Pocas cosas nos han pateado el tablero como la pandemia que todavía atravesamos, y la crisis sanitaria estructural que la acompaña. Todo se ha resignificado, la cultura también.
En un plano, digamos, simbólico, los productos culturales han demostrado ser tan necesarios como la ciencia y las medidas económicas y sanitarias para enfrentar el encierro, la sobrecarga laboral (algunos) y la incertidumbre absoluta (otros), incluso el dolor y la pérdida. En un mundo/tiempo donde la cultura se asocia casi exclusivamente al entretenimiento, y se minimiza su potencial para transformar al ser humano (o se lo teme, y por eso se lo combate) un virus vino a demostrarnos que la angustia puede resistirse y transmutarse con la ayuda de la cultura.
También en lo simbólico, convendría reflexionar sobre el imperativo generado por el aislamiento: descansá, leé, pintá, escribí, mirá todas las series y películas que tenías pendientes, producí, aprovechá, mantenete ocupado y obligado. Qué tan positivo ha sido realmente, cuánto lo seguimos arrastrando, y cómo se nos han reconfigurado interiormente las matrices de producción/consumo ahora que, variante más, variante menos, las cosas vuelven a eso que supuestamente será la “normalidad”. Lisa y llanamente: qué aprendimos de todo lo que nos pasó y cómo lo aprovechamos de ahora en adelante.
En lo práctico, la pandemia reveló (y agravó) la situación de informalidad y precariedad económica que rodea al trabajo cultural. Entre la imposibilidad de habitar los espacios tradicionales (escenarios, esquinas, centros culturales, patios amigos, esos bares donde nos trataban taaaan bien) y la gratuidad asociada a lo virtual, hubo trabajadores de la cultura que la pasaron muy mal, y no fueron minoría. No es mi idea minimizar, mucho menos romantizar la terrible situación que atravesamos, pero frente a un contexto que parecía imposible de campear, las iniciativas personales y grupales, los intercambios entre trabajadores de la cultura, la creación de nuevos espacios colectivos y horizontales, todo fogoneado en parte por el Acuerdo San Juan (tema aparte para la reflexión y el debate), revitalizaron una idea fundamental de la cultura: las cosas hay que hacerlas entre todos.
¿El saldo? Muchas nuevas asociaciones, el Registro Único Cultural, una Ley de Mecenazgo tan celebrada como discutida, el paso de eventos multitudinarios a acciones descentralizadas y continuas (como el Verano Cultural y las nuevas encarnaciones de la Fiesta del Sol), y sobre todo (lo digo con esperanza) una nueva voluntad de saltar las fronteras de cada disciplina artística para encontrarnos en nuevas propuestas. Esto sumado al Emprendedor Cultural y otras políticas nacionales como la compra de material editorial por parte del Ministerio de Educación de la Nación y la CONABIP, el portal MICA, el beneficio Paq.ar para envíos por correo, nuevos concursos literarios y artísticos.
La lista seguramente es más larga y no ha sido pareja para todas las disciplinas. Cada contexto tiene múltiples lecturas y no me interesa plantear la mía como definitiva, ni mucho menos asumir que todo lo logrado es perfecto y suficiente. Quienes trabajamos en cultura sabemos la importancia de que las cosas existan, que haya diálogo y consenso para políticas públicas y espacios propicios para iniciativas privadas, siempre abiertos a seguir pensando cómo se mejoran o se ajustan a las necesidades concretas de cada caso.
Los productos culturales han demostrado ser tan necesarios como la ciencia y las medidas económicas y sanitarias para enfrentar el encierro, la sobrecarga laboral (algunos) y la incertidumbre absoluta (otros)…
Un texto inaugural algunas veces dice mucho y casi siempre dice nada. Este no pretende ser la excepción. Abrimos la puerta al diálogo mostrando con qué ideas ya estamos dialogando. La pandemia o pospandemia o nueva normalidad no es solamente un contexto que requiere medidas y políticas y conductas específicas. También es un cambio de matriz en el pensamiento sobre la producción y el consumo de cultura. Demanda de nosotros una renovada apertura al diálogo, una horizontalidad y pluralidad cada vez más fortalecidas y reales.
Como siempre, acá estamos. Quienes trabajamos en cultura, desde la gestión, la producción o la técnica, y creemos en las acciones colectivas, en el diálogo posible con el Estado y otras instituciones, en la necesidad de construir políticas públicas que tengan una aplicación real en nuestro desarrollo.
Como siempre también, hay cosas que se están haciendo, cosas que se podrían hacer, cosas que no se tendrían que volver a hacer jamás. Lo importante, para poder avanzar, es garantizar espacios, medidas y actitudes que no sobrecarguen a quienes ya están sobrecargados: quien construye cultura lo hace generalmente después de satisfacer sus necesidades económicas con otros trabajos, empeñando el cansancio, formándose por su cuenta, luchando contra dificultades que van desde la compra de materiales hasta el ninguneo en oficinas, comercios, empresas, la propia casa y el círculo de amistades.
La cultura en (pos)pandemia nos demanda lo mismo que demandó siempre: dialogar, respetarnos, encontrarnos, pensar más allá de nosotros mismos, asumir la responsabilidad que nos toca como artistas, técnicos, empleados estatales, espectadores, compradores, gestores. Las particularidades del contexto debemos visibilizarlas entre todos, reconocerlas entre todos, desafiarlas entre todos, atravesarlas juntos.