Opinión

¿Cómo atar el viento?

Por Sonia Parisí

Hector Jhonson

Homenaje a Héctor Johnson

Recuerdo a Héctor como adjunto en la Cátedra de escultura. Canoso, alto, delgado y generalmente ensimismado. De andar y hablar parsimonioso. Apasionado del detalle y celoso de la técnica. Su rostro y sus manos exhibían los avatares de la disciplina y los materiales con que trabajaba. Sus ojos rasgados, la agudeza del pensamiento en la génesis de sus esculturas.

La vida lo fue convirtiendo en obra, hasta quedar hermanado con ellas. Sin dejar en claro si fueron sus obras las que lo hubieran modelado o él quien las hubo esculpido. Lo cierto es que se parecían, se retrataban mutuamente.

Conocí también de sus dolores. De los rótulos que no le hicieron justicia. El quehacer y las contingencias de artista conspiraron en contra de su adaptación al sistema. Un sistema donde su alma y su talento rebasaban. Un sistema ignorante de esta masa vital sin cantera.

A veces terco y a veces blando, como el metal y la madera. De sentimientos paradójicos y encontrados que alternadamente se constituían en lanza o tótem.

Frío y agudo en la sentencia, herido en la permanencia… un poco de aquí y de allá. Un trashumante de mundos y emociones.

¿Cómo atar el viento? ¿Cómo pagar esta deuda que como un karma se nos viene encima al recordarte? Quizá fueron ya tus mismas obras de arte las que te hicieron justicia. Las que regaste por doquier y hoy germinan en admiración y reconocimiento.

Decidí comenzar esta nueva columna con un breve texto-homenaje que escribí para recordar al artista plástico y escultor sanjuanino Héctor Johnson, de amplia trayectoria, nacido en 1937 y fallecido en 2019. Egresado de la Universidad Nacional de Córdoba y docente en la Universidad Nacional de Cuyo y en la Universidad Nacional de San Juan, cuyas obras se exponen actualmente desde el 25 de marzo y hasta el 27 de abril en el Centro de Creación y Museo de Artes Visuales Tornambé.

Y esta decisión no ha sido caprichosa sino que me pareció muy oportuno hacerlo ya que en este mes hemos conmemorado fechas trascendentales como son el 8 y el 24 de marzo. Fechas que tienen que ver con los derechos humanos, considerando la memoria, la verdad y la justicia entre los básicos y fundamentales.

Todos los 8 de marzo se conmemora en el mundo la lucha de las mujeres por la igualdad, el reconocimiento y ejercicio efectivo de sus derechos. Y el 24 de marzo en Argentina es el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia en el que se conmemora a las víctimas de la última dictadura militar.

Haciendo Memoria, en más de treinta años de trabajo en la universidad a la que he pertenecido conformando oportunamente sus cuatro estamentos, me ha tocado ser testigo de diversas historias protagonizadas por personas que por la naturaleza de su actividad sufrieron esto de “exceder el molde”, o no encajar en el sistema.

Y me animo a decir que en Verdad, el ambiente de las artes ha sido en sus derechos el más perjudicado. Hemos tenido que llenar y completar formularios de evaluación y categorización docente que no estaban diseñados para contener y dar cuenta de las actividades artísticas. Hemos asistido a foros en donde se discutía acerca de si la creación era investigación o extensión y luego de extensos debates la creación quedaba ahí, sospechosamente flotando entre límites difusos. Hemos tenido que cumplir horario de trabajo en donde en realidad no trabajábamos y replicar el mismo horario en nuestros talleres particulares. Hemos soportado los epítetos de vagos, insubordinados o conflictivos por buscar alternativas de “escape” para vernos a hurtadillas trabajando en la intimidad de nuestros verdaderos y reales lugares de quehacer creativo. Hemos sido amenazados por las condiciones de la ART que hasta la fecha no nos contienen. Sistemática y fácticamente hemos incumplido con lo estipulado en el nomenclador de funciones y así podría seguir hasta el infinito…

 

Más que el deber, tenemos el DERECHO de ser creativos y tenemos que defender “a como dé lugar” ese derecho.

 

No es casual. Somos hijos de una generación en donde estudiar artes no era una opción porque “nos íbamos a morir de hambre”.

Afortunadamente y como nada es para siempre, las cosas van cambiando y si hay algo que rescatar del desastre que provocó la pandemia, es la problematización acerca de la presencialidad como condición excluyente de los lugares de trabajo y la virtualidad como válida alternativa.

En este contexto adverso también se ha visibilizado y revalorizado la función de las artes. Las que jamás fueron consideradas como un artículo de primera necesidad, sino como un snobismo o un lujo.

En Justicia, hoy huelga decir que durante el extenso confinamiento y la sostenida amenaza, las artes no sólo han evitado suicidios en masa sino que justamente se han constituido en la herramienta fundamental para promover conductas de preservación y de cuidado. Las artes han sostenido la salud mental y la esperanza.

Helen Buckley, fue una enfermera militar estadounidense, que nació en 1913 y sirvió a la armada de los Estados Unidos. Autora del cuento que es muy utilizado en centros educativos como las escuelas Montessori “El niño”, en material seleccionado para “Sensaciones en mi Piel”, dice:

“Tenemos una definición estrecha de lo que constituye ser inteligente, que deja fuera a la gente y hiere el sentido de sí mismo de las personas. Hemos elevado un tipo de cerebro a expensas de todas las demás representaciones de la inteligencia y el florecimiento. La inteligencia no es una cosa, es muchas cosas. El problema es un conjunto de prácticas institucionales que refuerzan la idea de que la diferencia es el problema”.

Podemos inferir entonces con autoridad suficiente, que ya no debemos hacer las cosas como nos dice “la gente” y tomar como única brújula la propia entraña. Quizá tengamos razón o probablemente estemos tan equivocados como los otros.

Volviendo al mes de marzo y cavilando sobre testimonios y reflexiones que han circulado en las redes, no puedo dejar de pensar la creatividad como un derecho. Más que el deber, tenemos el DERECHO de ser creativos y tenemos que defender “a como dé lugar” ese derecho.

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